viernes, 11 de septiembre de 2009

DE VEZ EN CUANDO PIENSO… Y SALE ESTO…

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Esto lo escribí hace tiempo, cuando estaba en mi primer trabajo. Rebuscando viejos papeles apareció, y me pareció que podía compartirlo con vosotros...
Hoy no tengo internet en la oficina y, aunque parezca increíble, me siento incomunicada (en esos momentos yo era la única empleada de la oficia, mi jefe estaba casi siempre desaparecido). ¿Ridículo? Tal vez.
De camino a casa me crucé con una monja. Ella con su hábito y una sencilla rebeca. No llevaba ni bolso, ni móvil, ni mp3. Noté como miraba que yo sí llevaba móvil, mp3 y bolso.
Entonces me asaltó una duda, ¿quién es más feliz?
monja3 Ella, sin ningún tipo de lujo material, yo sí. ¿Tener más cosas supone ser más feliz, tener una vida mejor? Obviamente, mi vida es más cómoda que  la suya, creo.
Yo puedo escuchar música donde quiera, Dibujohablar por móvil, navegar por internet. Ella, a nivel individual, no... Bueno, no creo que pueda permitirse comprar esas cosa, aunque si se las regalan... En ese caso, ¿se las queda o lo reparte con los que ni siquiera tienen a alguien que les regale algo?
Reconozco mi ignorancia con respecto a las costumbres de las órdenes religiosas. Me provoca muchas dudas...
(Pasaron algunos días)
Sigo sin internet en la oficina, y encima en casa, ando igual (por aquel entonces estaba en la prehistoria de la tecnología). Sigo sintiéndome incomunicada... Supongo que la monja del otro día seguirá con sus quehaceres rutinarios sin que nada perturbe su calma. Será feliz o no, no lo sé... Claro que tampoco sé si yo soy feliz o no. El otro día, en una serie, una chica se preguntaba porque cuando tenemos casi todo lo que pensamos que nos es necesario para ser felices, siempre lo menospreciamos pensando en lo que nos falta...
Esta es una gran verdad, aunque suene a tópico. Yo tengo trabajo -bueno o malo, con sus ventajas y sus desventajas-, tengo a mi familia, a mi perrita (aún estaba con nosotras Nani) y todos están bien, dentro de lo que cabe. Soy una persona alegre, optimista y aunque no tengo muchos amigos, los que tengo son buenos y sé que puedo contar con ellos para lo que sea.
Sin embargo, no paro de pensar en que sería más feliz si tuviera más dinero o un trabajo mejor o cualquier otra cosa...
(Pasaron más días)
Volviendo al tema de estos días...  (si es que cuando me da por un tema…) Sigo pensando en lo mismo. ¿Por qué no disfrutamos de lo que tenemos, mientras lo tenemos, y nos machacamos con lo que nos falta? ¿Será que no estamos preparados para ser felices, sino para ser infelices preocupándonos por tener más y más?
Quien tiene pasta, se preocupa por tener más o por tener a alguien que no le quiera tan solo por su dinero. Quien no tiene dinero, se preocupa por tenerlo, porque cree que éste le dará la felicidad. Peor es lo de la salud, claro. Quien la tiene mala, siente -lógicamente- que sería más feliz sanándose o siendo un persona totalmente sana. Pero quienes estamos sanos (al menos la mayor parte del tiempo), no disfrutamos de nuestro bienestar. Queremos dinero, pareja, amigos y nos quedamos en casa pensando en lo desgraciados que somos por no tenerlos...
Pensándolo bien, ¿cómo podemos ser tan egoístas, cuando hay gente que no puede caminar, salir de la cama, se ven atados a tubos y medicamentos hasta que mueren, la mayoría de las veces tras largas agonías? ¿Por qué no salimos a la calle, a disfrutar de la vida sin más, tengamos -o no- dinero, amigos o pareja?
Una vez más, la respuesta parece ser que no estamos preparados para ser felices, o que no queremos ser felices. Preferimos mortificarnos, pensando en lo que tienen los demás y nosotros no. No nos damos cuenta (o no queremos darnos cuenta) de lo que nosotros tenemos y otros no. No hablo ya de cosas materiales, hablo de comida, un médico que nos atiende hasta por un dolor de cabeza, agua, ropa con que abrigamos, una casa, salud...
Somos una sociedad profundamente egoísta, que no buscamos más que nuestro propio bienestar, y aún teniéndolo, no pensamos más que en tener más y más sin preocuparnos porque el vecino pueda estar pasando hambre o frío, o qué sé yo.
Volviendo a la pregunta que me hacía al principio de todo esto: ¿Quién es más feliz, la monja o yo? Creo que, de diferente manera, ambas lo somos. Yo tengo todo lo que necesito y más, aunque mi naturaleza egoísta, hace que quiera más cosas, o al menos, mejorar las que ya tengo. Ella, la monja, tiene lo que necesita para vivir; pero, digo yo, que alguna vez echará de menos lo que hay tras los muros de su congregación: tener cosas bonitas, salir con amigos, casarse, tener hijos...
Ambas somos felices, pero ella -a mi modo de ver- es menos egoísta que yo. Ambiciona menos cosas que yo. Dijo alguien que no es rico aquel que mucho tiene sino el que poco ambiciona, o algo así. Según eso, ella es más rica que yo, sin duda.
Ya dije que soy una persona optimista y risueña, la mayor parte del tiempo. No ambiciono mucho, pequeñas cosas, como el que mi familia esté bien, tener dinero para pequeños caprichos.
Nuestro apego por lo material parece inherente a la humanidad, en cuanto a lo inmaterial... Incluso ahí estamos descontentos. Porque también ponemos pegas a las personas que nos rodean, padres, hermanos, parejas, amigos...
Pero lo vamos sorteando, sabemos que por mucho que nos peleemos con ellos, los queremos, nos quieren. Y, ¡qué caray!, que no duramos eternamente, y que es mejor llevarnos bien con los que nos rodean.
En cuanto a la monja, seguro que ella también tendrá días en los que riña con sus compañeras o a su madre superiora. Pero supongo que reza, perdona y olvida... ¿o no?
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