jueves, 5 de marzo de 2009

MEGALITOS Y TRADICIÓN POPULAR



Cualquiera que se presente delante de un dolmen presiente que tal conjunto no es obra de la naturaleza. Se comprende que los monumentos megalíticos hayan sido atribuidos a seres misteriosos, invisibles o dotados de poderes sobrenaturales: hadas, enanos, magos o gigantes. Lógicamente, el pueblo relaciona los megalitos prehistóricos con estos titanes. Es así como en el País Vasco, donde se conoce a estos personajes descomunales como gentiles, se denomine jentilari a los dólmenes y jentibaratza a los cromlechs. También en Francia numerosos megalitos llevan el nombre de Gargantúa, mítico gigante.
Los monumentos megalíticos han sido objeto de determinadas costumbres: en su entorno se repartía justicia, incluso los pueblos escandinavos proclamaban a sus reyes sobre los dólmenes. Una de las tradiciones atribuidas a los menhires se relacionan con ritos de fertilidad. El menhir simboliza el doble aspecto de la sexualidad: es el macho por su erección hacia el cielo y hembra por su hundimiento en la tierra.
Hasta 1.917, los recién casados se acercaban al menhir de Saint-Renan, en Plouarzel, el más grande de los menhires franceses aún en pie, y despojados en parte de sus vestidos, la mujer a un lado y el hombre a otro, frotaban el vientre contra una de las protuberancias de la piedra. El hombre esperaba así engendrar más hijos que hijas, y la mujer gobernar a su antojo a su marido. Tal costumbre se practicaba también en el menhir de Kerloaz, en el Finisterre bretón y, en la actualidad, puede mantenerse en las tribus de Etiopía meridional y en Tondidaro, Malí, donde aún se elaboran y erigen las últimas piedras fálicas del mundo. Las creencias populares atribuyen asimismo a los megalitos propiedades curativas y fecundadoras. En Francia se asocian a los menhires y en Galicia a los dólmenes. En Gran Bretaña a las rocas agujereadas.
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