
Egipto
es, sin duda, uno de los países más atrayentes de África por haber
albergado en su seno una de las más brillantes civilizaciones de
todos los tiempos. Su particular posición geográfica también ha
influido para que el paso de otras civilizaciones y culturas, como la
helénica, la romana, la cristiana y, especialmente, el Islam en
varias de sus formas, hayan dejado un rastro visible no sólo en los
magníficos edificios que aún continúan en pie. En la presente
entrada se plantea a grandes rasgos la evolución histórica de unas
tierras cuya importancia económica en el Mediterráneo las han hecho
deseables para todas y cada una de las grandes civilizaciones que han
dominado dicho espacio geográfico; la tierra de las pirámides, la
tierra del Nilo, el granero del imperio romano el paso más próximo
de Europa hacia Oriente ha formado un país cuyos logros son tan
impresionantes que incluso los tiempos contemporáneos han de
plegarse, en obligado reconocimiento, a la historia de sus habitantes
y sus esfuerzos por superar constantemente las peculiaridades
geográficas del país
Egipto
prehistórico (15000-3000 a.C.)
El
principal problema para el establecimiento de hipótesis científicas
acerca del período prehistórico de Egipto es la falta de
yacimientos. Paradójicamente, sólo se han excavado las necrópolis
en el Alto Egipto, aunque los resultados han logrado estratificar
varias culturas, denominadas cultura de El Fayum, cultura Amratiense,
cultura Badariense y cultura Guerzeense que se pueden asemejar,
cronológicamente y con las debidas reservas, al clásico período
solutrense de la prehistoria general. Esto ofrece la posibilidad de
cifrar el momento en el que los fértiles valles del Nilo fueron
habitados por los antepasados biológicos del hombre aproximadamente
en el año 15000 a.C. Por otra parte, también existen problemas
entre quienes se muestran partidarios de observar una migración en
masa de población no autóctona para explicar los hallazgos
cerámicos y de utensilios en los yacimientos. Supuestamente, parte
de la población que habitaba en el Creciente Fértil (Mesopotamia),
cruzó el río Jordán y la península del Sinaí para establecerse
en Egipto hacia esa fecha. Sin embargo, las actuales líneas de
investigación se muestran más partidarios de: "concentrar la
atención en la continuidad de desarrollo de la cultura egipcia ante
la ausencia de una clara ruptura en la documentación arqueológica".
Ello significa que, descartando la irrupción de población no
originaria de Egipto, puede que los habitantes prehistóricos de
Egipto fuesen autóctonos, aunque la hipótesis está pendiente de la
lógica certificación científica en forma de hallazgo arqueológico.
Pese a todo, la hipótesis puede ser viable debido a la
correspondencia entre las cerámicas y el estudio geológico de las
terrazas del Nilo, la principal fuente de datación para la
prehistoria egipcia. Durante el período paleolítico (6000-5000
a.C.) el clima de Egipto sufrió una brusca variación térmica, que
provocó el paso a una aridez que destruyó los incipientes cultivos
de las masas de población y, en consecuencia, los poblados pasaron a
construirse no en la llanura aluvial, sino en el propio valle, donde
se constituirían los primeros asentamientos urbanos. La primera
cultura sedentaria y pre-agrícola datada en Egipto es la cultura de
Jartum (4500-4000 a.C.), durante el período mesolítico. Algo
posterior es la llegada, desde el norte, de población de origen
camita y semita, eminentes agricultores que aprovecharon las
excelentes crecidas del Nilo pero que, sin embargo, tuvieron un
ingenio espectacular: la invención del alfabeto jeroglífico,
acontecimiento ocurrido alrededor del tercer milenio antes de Cristo
y que, como tal, da por finalizada en la división historiográfica
el período. Los habitantes prehistóricos de Egipto se agrupaban en
pequeños asentamientos urbanos alrededor del valle del Nilo llamados
momos o nomos, que solían estar protegidos por empalizadas de madera
dado que los enfrentamientos entre ellos eran constantes
La
civilización faraónica (3000-525 a.C.)
Las
luchas entre los distintos nomos acabaron por delimitar dos reinos:
el Bajo Egipto, en el norte, cuyas principales ciudades estaban
asentadas en el delta del Nilo, y el Alto Egipto, al sur del primero.
Realmente, la cualidad más esencial para distinguir un territorio
del otro eran las creencias: mientras que en el Bajo Egipto el culto
a la tríada egipcia clásica (Isis, Osiris y Horus) estaba ya
fuertemente asentada, en el Alto Egipto el dios más adorado era Set.
Antes de continuar, es preciso indicar que la prosperidad del Imperio
Egipcio se basó casi en exclusiva en la capacidad desarrollada por
sus habitantes para aprovechar las crecidas del río Nilo en su
beneficio económico; tal cuestión, por ejemplo, fue la que utilizó
Arnold Toynbee para emitir su teoría de que las civilizaciones se
basan en el binomio reto-respuesta. En este sentido, el reto de la
civilización egipcia tuvo una respuesta tan satisfactoria que se
extendió durante más de tres milenios
Dinastías
tinitas pre-imperiales (3000-2270 a.C.)
El
primer período se suele denominar en la historiografía como
pre-imperial debido a que los dirigentes no fueron faraones de ambos
reinos unificados hasta el final del marco cronológico. Sin embargo,
las dinastías I y II, llamadas tinitas por proceder de la ciudad de
Tinis (Alto Egipto), ostentaron la hegemonía en el gobierno durante
más de setecientos años. Su monarca más representativo fue Menes,
que se auto titulaba príncipe del Alto Egipto y que logró, hacia el
2200 a.C., unificar ambos reinos en su mano. Aunque las fuentes para
este período son escasas, se suele atribuir también a Menes la
fundación de la primera gran ciudad del Imperio: Menfis, sobre el
delta del Nilo, así como la construcción de varios diques y
empalizadas para el desarrollo de la actividad agrícola. Las tumbas
de las dos primeras dinastías se encuentran en la necrópolis de
Ábido, cuyos restos son prácticamente las únicas fuentes para el
estudio de las dinastías tinitas, además de las inscripciones
halladas en el primer gran templo menfita, dedicado al dios Ptah y
construido por el propio Menes. La organización política de las
dinastías tinitas es, asimismo, poco conocida, aunque las hipótesis
más actuales plantean que los diferentes nomos egipcios acabaron
derivando en los reinos del Alto Egipto, cuyos faraones portaban la
corona blanca, y del Bajo Egipto, representado por la corona roja.
Por ello, quizá la aportación más importante para este período,
al menos la que perduraría en el futuro, fue que: "los faraones
egipcios reclamaron el status de dioses. A través de sus nombres de
Horus [...] afirmaron ser la encarnación terrenal de esa divinidad".
Cuando Menes logró ceñirse el pchent, la corona del Egipto
unificado, el proceso de deificación de la autoridad faraónica
había finalizado, pero no se dispone actualmente de ningún dato que
nos ofrezca una secuencia cronológica fiable. Por último, la
alianza entre la aristocracia dirigente y los sacerdotes de los
distintos cultos comenzó a fundamentar el futuro estado imperial y
centralista que gobernaría Egipto durante tres milenios
El
Imperio antiguo (2270-2200 a.C.)
En
la división del Imperio por dinastías, el imperio antiguo abarca
desde la III hasta la X. El rasgo principal fue el traslado de la
capital desde Tinis a Menfis, inaugurando de esta forma el Egipto
imperial. El dominio de la institución faraónica fue absoluto
durante este período, que conoció a varios de los más grandes
faraones imperiales. El primero de ello fue Zoser, de la III
dinastía, que trasladó la frontera del imperio hasta los límites
de Nubia (actual Etiopía) y que construyó su sepultura en la famosa
necrópolis de Sakkarah. Con todo, los más conocidos faraones fueron
Keops, Kefrén y Micerino (IV dinastía), que conquistaron la
península del Sinaí y sometieron a toda Nubia a la obediencia del
faraón. Como colofón, la construcción de las pirámides homónimas
y la Esfinge, en la necrópolis de Gizeh, les encumbró hasta límites
históricos insospechados. El faraón Userkaf, de la V dinastía,
unificó todos los cultos de Egipto e impuso el que habría de ser el
principal de ellos: el dios Ra, la divinidad solar. Las mega
construcciones de los faraones anteriores fueron obviadas en la V y
la VI dinastía, pues sus monarcas prefirieron unas sepulturas más
modestas pero importantísimas para el estudio de la historia de
Egipto, ya que cada una de ellas se encuentra decorada con textos
religiosos, literarios y filosóficos del Imperio, así como los
acontecimientos más destacados. Casi todas ellas se encuentran en la
necrópolis de Sakkarah. Hacia el año 2200 a.C., los príncipes de
Heracleópolis consiguieron la hegemonía sobre el resto de las
dinastías, y los miembros de la VII y VIII gobernaron con autoridad
gracias a la decadencia interna de Menfis. Un poco más tarde, en el
año 2170 a.C., la propia capital fue trasladada a la ciudad de
origen de sus soberanos, durante las dinastías IX y X. El período
se caracterizó por la inestabilidad interior y las constantes
disputas por el trono
El
imperio medio (2160-1580 a.C.)
Este
período también ha recibido el nombre de Imperio Tebano debido a
que la capital y la ciudad más importante fue Tebas, y comprende a
los faraones de las dinastías XI-XVII. El culto tebano clásico, el
del dios Amón, se convirtió también en hegemónico en todo Egipto.
Los faraones más notables fueron los de la XII dinastía, que
crearon las bases sociales necesarias para extender la influencia
egipcia a todo el mundo oriental. La ciudad de Tebas era un
importantísimo emporio comercial dominado por capas sociales de
grandes mercaderes y comerciantes, quienes prestaron todo su apoyo el
gobierno de los faraones, tanto político como, y principalmente,
económico. Así, el faraón Amenemhat I (2000-1970 a.C.) fue el
primero en consolidar el nuevo culto tras la construcción del templo
de Amón en Tebas. Otros faraones importantes fueron Senusret I
(1970-1936 a.C.), Senusret III (1887-1850) y Amenemhat III (1850-1800
a.C.), de los cuales ya hablaba Heródoto de Halicarnaso como los
gobernantes de un imperio floreciente que se extendía desde el delta
del Nilo hasta Nubia. Tras la muerte de Amenemhat III, el poder
absoluto de los faraones tebanos se debilitó progresivamente,
facilitando la entrada de los reyes hicsos, gobernantes que regían
ciertas tribus de pastores del sur de Egipto. La invasión de los
hicsos estuvo acompañada también de grandes contingentes de
población asiria y semita, atraídos por la riqueza y el esplendor
tebano. Los hicsos establecieron su capital en Avaris (posteriormente
llamada Tanis) y gobernaban en nombre de los faraones, dos en este
caso, pues la caída de la hegemonía de Tebas volvió a dividir el
imperio en Alto y en Bajo. La población egipcia miraba con resquemor
la intervención en el gobierno de los invasores, con lo que, bajo la
XVII dinastía, comenzó la expulsión de los hicsos y demás
extranjeros
El
imperio nuevo (1580-1085 a.C.)
Comprendido
entre las dinastías XVIII y XX, se trata de un período muy conocido
y sobre el que existe mucha información, pues la ciudad de Tebas
volvió a recuperar el esplendor perdido como centro gobernante de un
imperio teocrático y centralizado hasta límites inigualables. La
expansión territorial egipcia fue enorme, aprovechándose de la
debilidad del imperio asirio y de las luchas internas de Palestina.
El gran triunfador de la dinastía XVIII fue Ahmés I (1580-1557
a.C.), quien logró acabar con el poder de los hicsos expulsándoles
de Avaris y obligándoles a huir hacia el Sinaí. Posteriormente,
Amenofis I (o Amenhotep) (1558-1530 a.C.) y Tutmosis I (o Tutmés)
(1530-1515 a.C.) continuaron la expansión hacia el noroeste,
llegando en varias campañas hasta los ríos Jordán y Éufrates,
respectivamente. Con todo, la hija de Tutmosis I, la faraona
Hatshepsut (1505-1483 a.C.), fue la figura más destacada en la
consolidación del centralismo tebano, pues gobernó de facto el
imperio nuevo tanto durante el reinado de su marido Tutmosis II
(1515-1505 a.C.) como en el gobierno de su sobrino Tutmosis III
(1483-1450 a.C.) durante la minoría de edad de éste. Durante estos
años, las campañas hacia el sur llegaron hasta la actual Somalia,
mientras que se consiguió firmar una tregua con los sumerios del
Éufrates. La construcción de templos dedicados al dios Amón
continuó siendo una de las máximas de los faraones tebanos, destaca
en este sentido la edificación del mausoleo de Luxor en Karnak
(Menfis), obra de Tutmosis III. También fue éste el encargado de
proscribir la figura de Hatshepsut, pues la consideró enemiga del
imperio a su muerte por varias de las decisiones que había tomado
cuando él era menor de edad. Una época de cierta recesión en la
expansión territorial se vivió bajo el gobierno de su hijo,
Amenofis II (1450-1405 a.C.), aunque el arte funerario egipcio vivió,
por contra, su período de máximo apogeo. De hecho, Amenofis II
comenzó la construcción de la famosa necrópolis del Valle de los
Reyes, con las tumbas denominadas hipogeos como máxima expresión
artística. Durante el gobierno de su hijo, Amenofis III (1405-1370
a.C.), las tropas del faraón fueron derrotadas por el imperio hitita
en Siria, el primer gran revés de la expansión egipcia por Oriente.
Con ello se dio paso a un período de inestabilidad, agravado por el
hecho de que los sumos sacerdotes del dios Amón acaparaban gran
parte de los cargos públicos y políticos, lo que restaba poder al
emperador en beneficio de la clase sacerdotal egipcia
La
revolución amarniense
Los
historiadores han llamado, un tanto maliciosamente, revolución
amarniense a los proyectos de reforma efectuados por el sucesor de
Amenofis III, su hijo Akhenatón (Amenofis IV) (1370-1350 a.C.), en
un intento de recuperar el poder para los faraones en detrimento de
los todopoderosos sacerdotes de Amón. Sus primeras medidas fueron
totalmente novedosas: sustituyó el culto de Amón por el de Atón
(el disco solar), como medio de acabar con los sacerdotes del
primero, y trasladó la capital del imperio al interior, a la ciudad
de Tell El-Amarna, lejos de los vicios de la corte tebana. El propio
faraón se declaró único sumo sacerdote de Egipto y cambió su
nombre por el de Akenaton (´Horizonte Solar´). Estos
acontecimientos, sin precedentes en el imperio, supusieron la vuelta
del estado centralista a sus inicios, acercando más al pueblo a sus
soberanos y logrando un gran apoyo popular. Sin embargo, su hermano y
yerno Tutankaton (que tras el triunfo de su acción cambió su nombre
por Tutankamon), famoso por su sepultura intacta hallada en el Valle
de los Reyes, traicionó al faraón y regresó de nuevo a Tebas y al
culto de Amón, ayudado por los desprestigiados sacerdotes. En
cualquier caso, la reforma amarniense no logró los objetivos
deseados y la situación de inestabilidad continuó hasta el fin de
los días de Tutankamon
Las
luchas contra palestinos e hititas
Inmediatamente
después del triunfo de Tutankamon, Palestina se sublevó contra
Egipto y para evitar la sedición tuvo que ser necesaria la
intervención del general Homenheb, casado con una hija de Akenatón
y que llegó, como consecuencia de su prestigio, a ser faraón a la
muerte de Tutankamon. El hijo del general, Seti I (1318-1312 a.C.)
fue uno de los más destacados faraones del imperio, pues logró
contener la alianza entre hititas y palestinos en contra del poder
tebano y, en un acto de absoluto dominio, logró que las provincias
sirias le pagasen un elevado tributo. Durante el gobierno de Ramsés
II (1312-1233 a.C.) y de su hijo Meneptah (1233-1223 a.C.) tuvo lugar
la famosa diáspora bíblica de los judíos, que huyeron de Egipto
tras ser expulsados en diferentes oleadas. A pesar de ello, los lazos
económicos con Palestina eran importantísimos para el sustento del
comercio exterior, por lo que se les permitió establecerse en dicho
territorio donde ya se concentraba la mayor parte de la población
semita del imperio. El propio Meneptah tuvo que luchar de nuevo
contra los hititas y les venció en la batalla de Cadés, para pasar
posteriormente a luchar contra los pueblos del mar (pobladores
indoeuropeos procedentes del Mar Egeo, especialmente libios), que ya
habían hecho varias incursiones a las ricas ciudades de la costa
mediterránea egipcia. Tras su muerte y durante toda la época de la
XX dinastía, las luchas internas y la inestabilidad política fueron
una rémora para el imperio, que vio cómo muchos extranjeros, sobre
todo jefes militares libios, usurpaban el poder y se convertían en
sacerdotes religiosos, lo cual era casi como detentar el poder
político
La
decadencia imperial bajo los saítas (1085-525 a.C.)
Hacia
el año 1090 a.C., se produjo una escisión en el imperio: El
legítimo soberano, Esmerdes, estableció un gobierno en Tanis,
mientras que el sumo sacerdote de Amón, Heribor, quedó en Tebas
como gobernante del imperio. Este acontecimiento marcó la decadencia
del imperio, además de mostrar los gravísimos problemas existentes
entre las dinastías dirigente y el cada vez más creciente poder de
la clase sacerdotal. Paralelamente a estos sucesos, las sagas de
militares libios continuaban creciendo tanto como su influencia en la
política, especialmente exterior, gracias a su reputada fama
militar. Uno de ellos, Chechong, inauguró la XII dinastía
haciéndose con el poder tras una brillante campaña en Palestina que
acabó con el saqueo de Jerusalén (950 a.C.). Desde este momento,
Egipto se dividió en pequeños principados independientes que no
pudieron evitar que la cada vez mayor presión fronteriza del imperio
asirio acabase por absorber, bien fuese como tributarios o bien fuese
totalmente, a muchos de ellos. En el año 663 a.C. los príncipes de
Sais, cuyo primer representante fue Nequés I (o Necao) (663-609
a.C.), volvieron a retomar el control del imperio, por lo que a los
miembros de la XXVI dinastía se les conoce también como príncipes
saítas. Pese a ello, la desconfianza ante los nuevos gobernantes fue
cada vez más acusada: no en vano, su principal arma, el ejército,
estaba formado por mercenarios procedentes de Grecia, con lo que la
inmigración de estos aumentó considerablemente. Un faraón saíta,
Psamético I, acabó con la dominación asiria del sur y expulsó a
todos los sacerdotes y militares libios de Egipto; sin embargo, como
quiera que los extranjeros fueron sustituidos por otros, los
problemas de convivencia internos continuaron, sobre todo en la
frontera oeste, donde el cada vez más asentado reino independiente
de Judá amenazaba con despegarse de la decadencia egipcia. No
obstante, Nequés II (609-594 a.C.) logró recuperar gran parte del
territorio sirio y palestino, pese a lo cual no pudo evitar la
pérdida de casi la totalidad de Palestina al ser derrotado por
Nabucodonosor II , soberano caldeo, en la batalla de Karkemish,
convirtiendo a las gentes del Tigris en las dueñas de Siria y
Palestina. Por si fuese poco, el más hegemónico poder oriental de
la época, el Imperio Persa, ya había participado en varias
sublevaciones de palestinos y controlaba, de facto, todas las tierras
al Este del río Jordán. Los últimos faraones egipcios, Psamético
II (594-568 a.C.) y Ahmés II (568-526 a.C.) intentaron en vano
recuperar el prestigio perdido. Finalmente, en el año 525, el
soberano persa Cambises II derrocó y asesinó a Psamético III
(568-525 a.C.), incorporando Egipto como una satrapía más de su
imperio y acabando con el imperio egipcio clásico.